La infancia como un juguete electrónico descompuesto. Octavo día

Una casa blanca, alguien, un chico que es amigo de mi hermano Ricardo y al borde de ese recuerdo, una casa, al lado del baldío, esas casitas de verja patio, jardín y un ventanal por donde están queriendo meter algo la noche de reyes de mis cinco o seis años y yo camino a la casa de mi abuela, donde Los Reyes van a dejar mi regalo, un arco y una flecha, allí esta la casa de mi abuela, enfrente del baldío, una casita adosada a la carniceria y la fábrica de chorizos. Entro, el pequeño living, un sillon, que es el que tengo ahora en mi casa, un cuadro de unos pescadores agobiados por la carga, sigo caminando, un pasillo, el baño, que mi abuela arregla cuando ya tuvo 80 años, y la pieza de mis abuelos, mi abuelo que se tapa todo con la sábana y sigo caminando, la pieza de Pedro, mi tio, que se queda durmiendo con la revista El Tony o con El Eternauta.

Sigo por el pasillo y llego a otra habitación donde alguien me explica que los Reyes Magos son los padres, no se ni quien me lo dice, cual de los fantasmas, pero me lo dicen, cuando saben que yo vi esa gente cargando una bicicleta y pasandola por la ventana.

Pero yo quiero seguir creyendo, hago un esfuerzo, hago de cuenta que no me lo han contado.

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